Dicen que la solidaridad empieza por casa, pero en el Congreso parece que primero pasa por la calculadora.

El recién posesionado representante a la Cámara Jhon Fredy Pimentel lanzó una propuesta que puso a más de un congresista a rascarse la cabeza… y, según los malpensados, también el bolsillo. La idea era sencilla: como en este mes termina el período constitucional y los parlamentarios estarán de vacaciones, ¿por qué no renunciar a esa mesada y donarla a los damnificados de Venezuela?

La iniciativa cayó en el Capitolio con el mismo efecto que un inspector de impuestos en una reunión de millonarios: silencio absoluto.

Hasta ahora, ninguno de los 108 senadores ni de los 188 representantes, es decir, los 296 honorables padres de la patria, ha salido a decir si se apunta o si, por el contrario, prefiere que la solidaridad siga siendo un excelente discurso… siempre y cuando la plata la pongan otros.

Las cuentas son generosas. Si todos aceptaran el reto, la bolsa rondaría los 14.800 millones de pesos. No alcanza para resolver una crisis humanitaria, pero sí demostraría que la empatía también puede pasar por la cuenta bancaria y no solo por la tribuna del Congreso.

La propuesta tiene un detalle incómodo: convirtió el discurso en espejo. Porque es fácil hablar de sacrificios cuando los hace el ciudadano de a pie; lo difícil es practicar el desprendimiento cuando el sacrificio sale del propio salario.

Quizá el problema no sea donar. Tal vez el verdadero dilema sea que algunos congresistas creen que la palabra «desprendimiento» hace referencia a despegarse del micrófono, pero jamás de la nómina.

Mientras tanto, el reloj sigue corriendo y el silencio parlamentario ya parece una respuesta. Después de todo, en política hay iniciativas que generan aplausos, otras generan debates… y unas cuantas producen un fenómeno mucho más extraño: una epidemia colectiva de manos escondidas en los bolsillos

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