En los pasillos del poder comenzó a sentirse una brisa que amenaza con convertirse en vendaval. La decisión de Olmedo López de aceptar un acuerdo con la justicia y reconocer su responsabilidad en delitos relacionados con el escándalo de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo tiene a más de un funcionario, exfuncionario y congresista revisando agendas, borrando recuerdos selectivos y desempolvando explicaciones.

Como suele ocurrir en la política criolla, mientras el ventilador estuvo apagado todos parecían tranquilos; ahora que empieza a girar, muchos temen que el aire termine levantando alfombras que durante meses permanecieron cuidadosamente acomodadas. Y es que cuando uno de los protagonistas decide hablar, los silencios ajenos suelen ponerse nerviosos.

En la Casa de Nariño y en el Congreso, algunos aseguran que reina la serenidad. Sin embargo, los movimientos apresurados, las declaraciones preventivas y los repentinos ejercicios de memoria hacen pensar que la calma podría ser más aparente que real. Al fin y al cabo, en Colombia los escándalos de corrupción tienen una curiosa costumbre: comienzan con pocos nombres y terminan necesitando directorio telefónico.

Por ahora, el país espera conocer hasta dónde llegan las revelaciones y quiénes podrían resultar salpicados por las investigaciones. Lo cierto es que el ventilador apenas empieza a encenderse y ya hay quienes sienten frío, aunque todavía no sepan de dónde viene la corriente.

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