El traslado del exgobernador del Valle del Cauca Juan Carlos Abadía desde la Escuela de Carabineros de Cali hasta la cárcel de Villahermosa abre un nuevo capítulo en la discusión sobre los llamados “privilegios” penitenciarios para condenados con poder, contactos o apellidos conocidos.

Abadía cumple una condena de 21 años y 7 meses de prisión por delitos relacionados con contratación irregular y peculado. La condena quedó en firme en junio de 2026.

El Gobierno de Abelardo De La Espriella sostiene que la decisión hace parte de una política para acabar con condiciones especiales de reclusión que, según sus denuncias, podrían permitir que algunos condenados mantengan influencia política o administrativa desde los lugares donde cumplen sus penas. En el caso de Abadía, el mandatario afirmó que habría continuado participando en política y ejerciendo influencia sobre funcionarios y contratos, afirmaciones que corresponden a la versión del Ejecutivo y deben diferenciarse de los hechos establecidos judicialmente.

Y aquí aparece el mensaje político de fondo: si se acabaron los privilegios para unos, la pregunta inevitable es quiénes siguen disfrutándolos y por cuánto tiempo.

Porque en Colombia la cárcel no debería tener menú ejecutivo para condenados de cuello blanco ni zona preferencial para quienes alguna vez ocuparon un despacho con aire acondicionado. Una condena, al menos en el papel, significa que el poder político se queda en la puerta y adentro manda la ley.

El caso Abadía también pone la lupa sobre otros procesos de corrupción que permanecen abiertos. Eso sí, una cosa es pedir que las investigaciones avancen y otra muy distinta dar por condenados a quienes apenas están siendo procesados: la justicia debe investigar, juzgar y decidir con pruebas, no con titulares ni venganzas políticas.

La advertencia, entonces, puede leerse en dos direcciones: para los condenados, que los privilegios penitenciarios están bajo revisión; y para quienes enfrentan procesos, que las investigaciones no desaparecen simplemente porque pasen los años.

Ahora bien, si existen expedientes que fueron archivados, suspendidos o permanecen en trámite, su eventual reapertura deberá depender de las autoridades judiciales y de las reglas procesales correspondientes. No basta con que un Gobierno anuncie mano dura: la verdadera mano dura es la que también respeta la ley.

Y mientras el caso Abadía sirve de campanazo, las recientes denuncias de presunta corrupción que involucran a funcionarios o sectores del actual Gobierno también deberán seguir su curso institucional. Si la promesa es que no habrá intocables, la vara tendrá que servir para todos: amigos, adversarios, empresarios, políticos y funcionarios.

Porque el verdadero problema no es cambiar de cárcel.

El verdadero problema sería que algunos sigan creyendo que, con suficientes contactos, hasta las rejas tienen puerta giratoria.

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