La política colombiana ha sido una novela larga, intensa y muchas veces repetida, donde cambian los protagonistas, pero casi siempre el libreto termina pareciéndose. Desde la independencia de España en el siglo XIX, Colombia nació dividida entre caudillos, guerras civiles y una eterna pelea entre centralistas y federalistas que dejó más muertos que acuerdos.

Luego aparecieron los dos partidos tradicionales, Liberal y Conservador, que durante más de un siglo convirtieron la política en una especie de religión hereditaria: unos nacían liberales y otros conservadores, casi como si viniera en el bautizo. Esa rivalidad llevó al país a incontables conflictos, incluyendo la Guerra de los Mil Días y posteriormente la época de “La Violencia”, donde el sectarismo político desangró regiones enteras.

En 1957, liberales y conservadores decidieron turnarse el poder mediante el Frente Nacional, un pacto que frenó parcialmente la guerra bipartidista, pero también cerró las puertas a nuevas fuerzas políticas. Muchos sectores quedaron excluidos, y de allí surgieron varias guerrillas que argumentaban luchar contra un sistema político manejado por las mismas élites de siempre.

Con el paso de las décadas, la política colombiana empezó a mezclarse con otros poderes más oscuros: narcotráfico, paramilitarismo, corrupción y clientelismo. Mientras los ciudadanos votaban por promesas, muchos dirigentes perfeccionaban el arte de administrar el Estado como si fuera finca privada.

La Constitución de 1991 intentó modernizar el país y ampliar la democracia, creando nuevas instituciones y reconociendo más derechos. Sin embargo, aunque cambió el papel, muchas mañas siguieron intactas. Colombia pasó de la política de los partidos tradicionales a la política de los caudillos, los movimientos personales y las campañas construidas más sobre emociones que sobre ideas.

Hoy el país vive una profunda polarización. La izquierda, que durante décadas fue oposición, llegó finalmente al poder, mientras la derecha intenta reagruparse

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