Colombia entra en su semana definitiva: una campaña donde las encuestas ponen a Abelardo de la Espriella adelante de Iván Cepeda, pero donde el verdadero jefe de debate parece haberse mudado de la Casa de Nariño a la plaza pública. Los más recientes sondeos muestran ventaja para De la Espriella, aunque el petrismo insiste en hablar de “empate técnico” mientras multiplica mensajes, discursos y publicidad como si la segunda vuelta fuera una maratón de pauta oficial.
En ambas campañas se redoblaron los ataques, los videos emocionales y las promesas de salvación nacional. Pero el detalle curioso —y bastante costoso— es que quien más parece sudar la camiseta no es precisamente el candidato del Pacto Histórico, sino el propio Gustavo Petro, convertido en una especie de director técnico, comentarista y animador oficial de la campaña de Cepeda. Ya no se sabe si gobierna el país o si administra un call center electoral con horario extendido.
Mientras De la Espriella vende mano dura, patriotismo y discurso de orden, Cepeda intenta despegarse del desgaste del Gobierno sin soltarle la mano a Petro. Una tarea tan difícil como vender sombrillas en pleno desierto: el candidato quiere aparecer como renovación, pero detrás siempre aparece la sombra del presidente haciendo cadena, trino o discurso de última hora.
Las encuestas hablan de ventaja para De la Espriella y de una tendencia que se consolidó tras la primera vuelta. Pero en Colombia las campañas no se ganan hasta que se cierran las urnas… y a veces ni siquiera después. Aquí cada encuesta parece un partido de fútbol narrado por hinchas: unos celebran la goleada, otros denuncian fraude antes del pitazo inicial.
La gran pregunta de esta semana no es solo quién ganará la Presidencia, sino quién terminará gobernando realmente: si el candidato que llegue a la Casa de Nariño… o el jefe político que nunca quiso salir de ella






