En la política colombiana hay una habilidad que compite de tú a tú con la oratoria, las promesas de campaña y los abrazos de tarima: la capacidad de camuflarse cuando soplan buenos vientos y tomar distancia cuando llega la tormenta. Esta semana, la protagonista del ejercicio fue Claudia López, quien sorprendió al afirmar que «nunca he sido ni seré petrista», pese a haber respaldado electoralmente a Gustavo Petro y haber compartido escenario político con figuras cercanas al proyecto del Pacto Histórico.

La exalcaldesa respondió así a las críticas que surgieron tras recordar su apoyo al hoy presidente y su cercanía política con sectores que impulsaron su llegada al poder. Sin embargo, López dejó claro que una cosa es votar por un candidato y otra muy distinta matricularse de por vida en una corriente política.

La declaración reabrió un viejo debate nacional: ¿cuándo un apoyo político es una alianza y cuándo es apenas un préstamo temporal de votos? Porque en Colombia parece existir una modalidad especial de respaldo político con cláusula de retracto incluida.

Los críticos no tardaron en reaccionar, señalando que resulta difícil separar el voto, los acuerdos y las fotografías de campaña cuando los resultados fueron celebrados en conjunto. Los defensores de López, por su parte, argumentan que respaldar una candidatura no implica convertirse en seguidor incondicional de un gobierno o de una ideología.

Lo cierto es que la política nacional vuelve a exhibir una de sus tradiciones más arraigadas: dirigentes que aparecen sonrientes en la foto del matrimonio electoral, pero que cuando llegan las cuentas de la luna de miel aseguran que apenas estaban de visita en la fiesta.

Mientras tanto, los ciudadanos observan el espectáculo con creciente escepticismo. Después de todo, en Colombia algunos políticos parecen practicar un curioso deporte extremo: saltar al barco cuando zarpa, posar para la fotografía en cubierta y, si las aguas se agitan, jurar que jamás compraron el boleto.

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