Si alguien pensó que el cambio de gobierno en Estados Unidos traería un «borrón y cuenta nueva» para Gustavo Petro, parece que la realidad le pasó la escoba. Desde Washington dejaron claro que, por ahora, no hay reversa: las sanciones se mantienen y la visa presidencial seguirá guardando polvo en algún cajón del Departamento de Estado.
Durante una audiencia en el Congreso estadounidense, el subsecretario adjunto para América del Sur del Departamento de Estado, Luis Méndez, fue categórico al señalar que el Gobierno de Estados Unidos no contempla levantar las medidas impuestas contra el mandatario colombiano ni restituirle el permiso para ingresar a territorio norteamericano.
En otras palabras, mientras millones de colombianos hacen fila para renovar la visa, Petro ni siquiera tiene turno. Y aunque la Casa de Nariño siempre habló de relaciones «francas y respetuosas», la respuesta de Washington sonó más a un «vuelva después… si algún día cambian las circunstancias».
El episodio deja un sabor incómodo para la diplomacia colombiana. Resulta paradójico que el jefe de Estado de uno de los principales aliados de Estados Unidos en la región tenga las puertas del país norteamericano cerradas, una situación que inevitablemente genera interrogantes sobre el futuro de la relación bilateral.
La política internacional, como el dominó, también cobra fichas. Y cuando se juega apostando a la confrontación permanente, a veces la primera puerta que se cierra es la de inmigración. Porque una cosa es predicar el antiimperialismo desde el atril, y otra muy distinta intentar abordar un vuelo con destino a Washington.
Al final, el mensaje parece claro: el «sueño americano» seguirá siendo, por ahora, un destino turístico para otros. Mientras tanto, Petro tendrá que seguir mirando el mapa de Estados Unidos… desde este lado del continente.

Si alguien pensó que el cambio de gobierno en Estados Unidos traería un «borrón y cuenta nueva» para Gustavo Petro, parece que la realidad le pasó la escoba. Desde Washington dejaron claro que, por ahora, no hay reversa: las sanciones se mantienen y la visa presidencial seguirá guardando polvo en algún cajón del Departamento de Estado.

Durante una audiencia en el Congreso estadounidense, el subsecretario adjunto para América del Sur del Departamento de Estado, Luis Méndez, fue categórico al señalar que el Gobierno de Estados Unidos no contempla levantar las medidas impuestas contra el mandatario colombiano ni restituirle el permiso para ingresar a territorio norteamericano.

En otras palabras, mientras millones de colombianos hacen fila para renovar la visa, Petro ni siquiera tiene turno. Y aunque la Casa de Nariño siempre habló de relaciones «francas y respetuosas», la respuesta de Washington sonó más a un «vuelva después… si algún día cambian las circunstancias».

El episodio deja un sabor incómodo para la diplomacia colombiana. Resulta paradójico que el jefe de Estado de uno de los principales aliados de Estados Unidos en la región tenga las puertas del país norteamericano cerradas, una situación que inevitablemente genera interrogantes sobre el futuro de la relación bilateral.

La política internacional, como el dominó, también cobra fichas. Y cuando se juega apostando a la confrontación permanente, a veces la primera puerta que se cierra es la de inmigración. Porque una cosa es predicar el antiimperialismo desde el atril, y otra muy distinta intentar abordar un vuelo con destino a Washington.

Al final, el mensaje parece claro: el «sueño americano» seguirá siendo, por ahora, un destino turístico para otros. Mientras tanto, Petro tendrá que seguir mirando el mapa de Estados Unidos… desde este lado del continente.

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