El presidente electo Abelardo de la Espriella ya puede apuntarse su primer «milagro político»: donde durante años hubo discursos incendiarios, demandas, acusaciones y una rivalidad que parecía eterna, ahora apareció una alianza parlamentaria capaz de sentar en la misma mesa a los extremos del espectro político.
La elección de Honorio Henríquez, del Centro Democrático, como presidente del Senado, gracias al respaldo de una coalición en la que coincidieron el Centro Democrático y el Pacto Histórico, dejó una enseñanza que ni las mejores novelas de realismo mágico habían imaginado: en política, entre el amor y el odio apenas cabe el espacio de una votación.
Ayer, los votos hablaron más fuerte que los discursos. Los mismos sectores que durante años se señalaron mutuamente como una amenaza para la democracia terminaron empujando la misma candidatura. Y mientras los electores intentan entender el nuevo mapa político, en el Capitolio quedó claro que los enemigos irreconciliables también pueden compartir objetivos cuando las matemáticas del poder así lo exigen.
La escena tiene un protagonista inesperado: Álvaro Uribe Vélez e Iván Cepeda, dos nombres que durante más de una década han simbolizado una de las confrontaciones políticas y judiciales más profundas del país. Ahora, por obra y gracia de la aritmética legislativa, aparecen en la misma fotografía política, aunque sea desde orillas distintas de la misma alianza circunstancial.
La gran incógnita es si este nuevo espíritu de convivencia llegará también a los estrados judiciales. ¿Será que, después de esta inesperada luna de miel legislativa, Iván Cepeda decide retirar las acciones judiciales que mantiene contra el expresidente Álvaro Uribe? La respuesta, por ahora, pertenece más al terreno de la ficción que al de la realidad, pues esos procesos siguen su curso conforme a las decisiones de la justicia y no dependen únicamente de acuerdos políticos.
Porque, al final, la política colombiana vuelve a demostrar que no existen enemigos permanentes ni amistades eternas. Lo único verdaderamente estable parece ser la búsqueda de mayorías. Y si para conseguirlas hay que convertir el agua en vino… siempre habrá quien encuentre un milagro disponible en el Congreso.
El presidente electo Abelardo de la Espriella ya puede apuntarse su primer «milagro político»: donde durante años hubo discursos incendiarios, demandas, acusaciones y una rivalidad que parecía eterna, ahora apareció una alianza parlamentaria capaz de sentar en la misma mesa a los extremos del espectro político.
La elección de Honorio Henríquez, del Centro Democrático, como presidente del Senado, gracias al respaldo de una coalición en la que coincidieron el Centro Democrático y el Pacto Histórico, dejó una enseñanza que ni las mejores novelas de realismo mágico habían imaginado: en política, entre el amor y el odio apenas cabe el espacio de una votación.
Ayer, los votos hablaron más fuerte que los discursos. Los mismos sectores que durante años se señalaron mutuamente como una amenaza para la democracia terminaron empujando la misma candidatura. Y mientras los electores intentan entender el nuevo mapa político, en el Capitolio quedó claro que los enemigos irreconciliables también pueden compartir objetivos cuando las matemáticas del poder así lo exigen.
La escena tiene un protagonista inesperado: Álvaro Uribe Vélez e Iván Cepeda, dos nombres que durante más de una década han simbolizado una de las confrontaciones políticas y judiciales más profundas del país. Ahora, por obra y gracia de la aritmética legislativa, aparecen en la misma fotografía política, aunque sea desde orillas distintas de la misma alianza circunstancial.
La gran incógnita es si este nuevo espíritu de convivencia llegará también a los estrados judiciales. ¿Será que, después de esta inesperada luna de miel legislativa, Iván Cepeda decide retirar las acciones judiciales que mantiene contra el expresidente Álvaro Uribe? La respuesta, por ahora, pertenece más al terreno de la ficción que al de la realidad, pues esos procesos siguen su curso conforme a las decisiones de la justicia y no dependen únicamente de acuerdos políticos.
Porque, al final, la política colombiana vuelve a demostrar que no existen enemigos permanentes ni amistades eternas. Lo único verdaderamente estable parece ser la búsqueda de mayorías. Y si para conseguirlas hay que convertir el agua en vino… siempre habrá quien encuentre un milagro disponible en el Congreso.






