Parece que la relación entre el expresidente Álvaro Uribe y el círculo más cercano del presidente electo Abelardo de la Espriella arrancó con más nubarrones que abrazos. Apenas terminadas las elecciones, ya se escuchan los primeros portazos en una casa política donde muchos daban por hecho que habría afinidad ideológica y fotografías de familia.
El detonante fue Carlos Suárez, estratega y gerente de la campaña que llevó a De la Espriella a la Casa de Nariño. Desde su cuenta en X, Uribe lo señaló por sus presuntos vínculos con el proceso de soborno a testigos y aseguró que habría coordinado reuniones con el senador Iván Cepeda. No contento con eso, el exmandatario remató calificándolo como un “bandido solapado”, una expresión que difícilmente puede interpretarse como una invitación a tomar café.
La situación deja al descubierto que entre el Centro Democrático y el nuevo movimiento político del presidente electo no todo es color de rosa. Lo que algunos imaginaban como una alianza natural parece más bien un matrimonio arreglado donde los invitados ya comenzaron a discutir antes de que sirvan la torta.
Y es que en política, como en las reuniones familiares, los problemas suelen aparecer cuando alguien decide revisar viejos álbumes de fotos. Mientras De la Espriella se prepara para asumir el poder, Uribe parece decidido a recordar que no todos los que viajan en el mismo bus tienen el mismo destino. Por ahora, la armonía prometida luce tan distante como una reconciliación en temporada electoral.
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