En la recta final de la campaña presidencial, algunos apostaban a ganar en las urnas y otros parecían más interesados en ganar en los estrados. Sin embargo, el Tribunal Superior de Bogotá decidió bajarle la persiana a una de las jugadas jurídicas más comentadas de los últimos días al rechazar la medida cautelar que buscaba suspender la candidatura de Abelardo de la Espriella para la segunda vuelta del próximo 21 de junio.
La noticia cayó como baldado de agua fría entre quienes soñaban con sacar al candidato de la competencia por la puerta de atrás. Al final, la justicia les recordó que una cosa es tener diferencias políticas y otra muy distinta convertir los juzgados en extensiones de la plaza pública.
El episodio dejó la sensación de que algunos querían cazar al tigre antes de entrar a la selva. Pero la estrategia terminó saliendo al revés: en lugar de inmovilizarlo, le dieron más protagonismo. Ya se sabe que en política no hay publicidad más efectiva que la que intenta censurar.
Los partidarios del candidato celebran que el Tribunal haya despejado el camino para que sean los ciudadanos quienes tengan la última palabra. Sus detractores, por supuesto, siguen afilando argumentos y demandas, convencidos de que todavía queda partido por jugar.
Lo cierto es que la decisión judicial envió un mensaje claro: las elecciones se ganan con votos, no con atajos procesales. Y mientras algunos buscaban cerrarle la puerta, el Tribunal terminó dejándola abierta de par en par para que el «Tigre» siga rugiendo en la contienda.
Ahora la pelota vuelve a la cancha donde realmente se define el poder: las urnas. Porque cuando los jueces dicen «sigan jugando», ya no queda más remedio que salir a buscar los goles frente al electorado y no frente a un expediente.






