Dicen que perder también es un arte, pero hay quienes convierten la derrota en un deporte de alto rendimiento. Y pareciera que ese libreto lo está ensayando Iván Cepeda, quien da la impresión de no resignarse todavía al resultado electoral y ahora lanza advertencias de «desobediencia civil» si el presidente electo, Abelardo de la Espriella, no renuncia a su ciudadanía estadounidense.

Lo curioso del asunto es que la Constitución Política de Colombia no establece como causal de inhabilidad que un presidente tenga doble nacionalidad por nacimiento o derivada de las condiciones previstas en la ley. Es decir, el reclamo parece más político que jurídico.

Da la impresión de que algunos quieren gobernar desde la oposición con decretos verbales, como si las ruedas de prensa sustituyeran las urnas y las consignas reemplazaran la Constitución. En política hay quienes no distinguen entre hacer oposición y actuar como si fueran los dueños del reglamento.

La democracia tiene una regla sencilla: quien gana gobierna y quien pierde controla, critica y propone. Lo demás empieza a parecer un concurso de rabietas, donde el premio mayor es desconocer el resultado cuando no coincide con los propios deseos.

Porque una cosa es ejercer el derecho a la protesta y otra muy distinta anunciar la «desobediencia civil» cada vez que el tablero electoral no favorece al equipo propio. Si cada derrota terminara en una convocatoria a desconocer al vencedor, las elecciones serían apenas una primera vuelta de una campaña permanente.

Al final, la política colombiana sigue demostrando que algunos no solo quieren tener la razón: también quieren el pito, la pelota, la cancha y, si es posible, escribir las reglas del partido cuando el marcador ya quedó en contra.

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