Si alguien quisiera resumir el Gobierno del Cambio en una sola frase, podría decir que, más que la oposición, fueron las mujeres de su propio círculo las que terminaron convirtiéndose en el mayor dolor de cabeza político para Gustavo Petro.
La primera en tomar distancia fue la primera dama, Verónica Alcocer, cuya ausencia en los últimos meses alimentó toda clase de especulaciones. La imagen de unidad terminó tan fría como las famosas cobijas de plumas que alguna vez fueron motivo de polémica en la Casa de Nariño.
Después apareció Laura Sarabia, protagonista de uno de los episodios más complejos del gobierno, al destapar una crisis política que terminó salpicando la financiación de la campaña y reabrió el debate sobre el poder que ejercían algunos de los hombres más cercanos al Presidente.
La vicepresidenta Francia Márquez tampoco escondió sus diferencias. Lo que comenzó como una fórmula de unidad terminó convertido en una relación distante, marcada por desacuerdos públicos y un evidente aislamiento político dentro del propio Gobierno.
Más adelante llegó Angie Rodríguez, quien pasó de ser una figura visible en la movilización política a convertirse en protagonista de nuevas controversias internas, evidenciando que las fracturas dentro del Ejecutivo ya no podían ocultarse.
Y ahora aparece Juliana Guerrero, una funcionaria cuya designación y posterior papel como enlace con sectores empresariales ha generado cuestionamientos y críticas desde distintos sectores políticos, alimentando un nuevo capítulo de controversias para una administración que prometía romper con las viejas prácticas.
Como si el libreto necesitara otro capítulo, también quedaron en la memoria pública las múltiples especulaciones alrededor de una misteriosa acompañante que apareció en algunos viajes presidenciales y cuya identidad terminó alimentando más preguntas que respuestas.
Al final, el llamado «Gobierno del Cambio» descubrió que el mayor desafío no siempre estaba en el Congreso ni en las marchas de la oposición. En muchas ocasiones, las tormentas más fuertes nacieron dentro de la propia casa. Porque en política, las crisis rara vez llegan tocando la puerta; casi siempre ya tienen oficina, credencial y asiento en la mesa principal.






