La ceremonia de entrega de credenciales no alcanzó a terminar cuando el presidente electo, Abelardo de la Espriella, dejó claro que no piensa arrancar su mandato repartiendo flores. Con un discurso de tono severo, aseguró que recibe un país con las instituciones debilitadas, la Presidencia degradada y una sociedad profundamente dividida.

En otras palabras, el nuevo mandatario dio a entender que le entregaron la casa con las paredes agrietadas, el techo haciendo agua y la llave del gas abierta. Ahora falta saber si bastará con cambiar al administrador o si también habrá que reconstruir los cimientos.

Las críticas fueron directas contra el gobierno saliente, al que responsabilizó de convertir la polarización en política de Estado y de dejar una institucionalidad que, según él, necesitará más que maquillaje para recuperar la confianza ciudadana.

Eso sí, en política las culpas siempre llegan más rápido que las soluciones. Desde hoy comienza la cuenta regresiva: el discurso de la herencia recibida tiene fecha de vencimiento y, más temprano que tarde, los colombianos empezarán a medir al nuevo gobierno no por el tamaño del diagnóstico, sino por la eficacia del tratamiento.

Porque una cosa es recibir la credencial y otra muy distinta es lograr que, dentro de cuatro años, quien venga detrás no diga exactamente lo mismo del gobierno que hoy apenas comienza

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