En los pasillos políticos ya no se habla de subir al recinto, sino de subir las escaleras de los estrados judiciales. Algunos concejales aseguran, con una mezcla de preocupación y sarcasmo, que hasta 15 cabildantes podrían terminar haciendo más ejercicio del previsto, esta vez rumbo a los despachos de jueces y de la Procuraduría, por la novela que dejó la fallida elección del contralor el año pasado.

Como ocurre en toda buena historia política, hay dos libretos. Para un sector, la intervención del Consejo de Estado fue la confirmación de que el proceso de 2025 estuvo lleno de irregularidades y que las advertencias tenían fundamento. Para el otro, la misma decisión es interpretada como la prueba de que el Concejo nunca debió quedarse de brazos cruzados y que, simplemente, estaba obligado a elegir al contralor.

Mientras los abogados afilan argumentos y las interpretaciones jurídicas se multiplican como comunicados de prensa, una cosa parece estar clara: el proceso volvió a caminar. Lo que sigue generando comentarios de pasillo es que, según varias voces, las manos que hoy mueven el tablero no serían precisamente desinteresadas. Dicen que detrás de cada jugada hay más cálculo político que amor por la institucionalidad.

En política, como en el ajedrez, pocas piezas se mueven por casualidad. Y cuando un expediente empieza a avanzar con tanta energía, siempre aparece la pregunta de rigor: ¿se está buscando hacer justicia… o simplemente acomodar el tablero para la próxima partida?

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