En Colombia tenemos la curiosa costumbre de convertir un protocolo en una crisis institucional. Ahora el debate nacional ya no gira alrededor de quién gobernará el país o cuáles serán los retos del próximo gobierno, sino de dónde se entrega la banda presidencial. A este paso, lo único que falta es crear una comisión accidental para decidir quién sostiene el atril.

La Constitución, esa vieja conocida que muchos citan, pero pocos leen completa, es contundente. El artículo 192 ordena que el presidente electo preste juramento ante el Congreso de la República. Punto. Ese es el acto constitucional que marca el inicio del nuevo mandato. Lo demás pertenece al protocolo, no a la Carta Política.

Sin embargo, en el país del realismo mágico, algunos pretenden convertir el lugar de la transmisión del mando en un asunto de seguridad nacional. Como si la democracia dependiera del color del tapete, del salón escogido o de si el escenario tiene centinelas con fusil o edecanes con guantes blancos.

La Constitución no dice que el cambio de mando deba hacerse en un cuartel militar. Tampoco dice que esté prohibido. Simplemente no entra en ese nivel de detalle porque los constituyentes entendieron que una Constitución está para organizar el poder, no para decidir dónde se instala la tarima o quién conecta el sonido.

Lo paradójico es que hoy hay más energía invertida en discutir el lugar de la ceremonia que en debatir los desafíos que recibirá el nuevo gobierno. Es como pelear por la sala donde se firma una escritura mientras la casa se está incendiando.

Al final, la posesión ocurre cuando el presidente electo presta juramento ante el Congreso. Ese es el momento en que nace constitucionalmente un nuevo gobierno. Lo demás son fotografías, honores, discursos y protocolo. Importantes, sí, pero no superiores a la Constitución.

En política, sin embargo, el libreto suele escribirse al revés. Hay quienes creen que si controlan el escenario controlan la historia. Y olvidan que el protagonista de ese día no es el salón, ni el cuartel, ni la Plaza de Bolívar. El verdadero protagonista debería ser el respeto por la Constitución. Aunque, viendo el espectáculo, da la impresión de que algunos están más preocupados por quién se queda con la escenografía que por cumplir el guion constitucional.

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