En política hay discursos que parecen escritos para el aplauso y otros que terminan chocando con la realidad. La bancada de oposición, liderada por el excandidato presidencial Iván Cepeda y respaldada por el saliente presidente Gustavo Petro, anunció con tono desafiante que se declaraba en «resistencia civil» y que no reconocería a Abelardo de la Espriella como jefe de Estado.

Hasta ahí, el libreto sonaba revolucionario. El problema llegó cuando apareció un pequeño detalle llamado Constitución y los $50 millones mensuales.

Porque, mientras el discurso insistía en desconocer al nuevo mandatario, los mismos congresistas acudieron al Capitolio para tomar posesión de sus curules. Un acto que hace parte del funcionamiento normal de las instituciones y del orden constitucional del que también hace parte el Presidente elegido. En otras palabras, rechazaron el resultado con el micrófono, pero aceptaron sus efectos con la credencial.

La escena dejó una paradoja difícil de ignorar: no reconocen al Presidente, pero sí al Congreso que surge del mismo proceso electoral; cuestionan la legitimidad del jefe de Estado, mientras ejercen los cargos obtenidos en esa misma institucionalidad.

La situación también reavivó el debate sobre el Estatuto de la Oposición, establecido mediante la Ley 1909 de 2018, norma que reconoce y protege el derecho de los partidos a declararse de gobierno, independientes o de oposición ante el Consejo Nacional Electoral. Esa ley garantiza herramientas como la financiación, el acceso a medios y el derecho de réplica, pero parte del funcionamiento de las reglas democráticas e institucionales, no de su desconocimiento.

En política, la coherencia suele ser la prueba más difícil. Porque una cosa es ejercer una oposición firme, crítica y vigilante dentro del marco constitucional, y otra muy distinta es anunciar que no se reconoce al jefe de Estado mientras, al mismo tiempo, se jura cumplir la Constitución para ejercer un cargo público.

Al final, la resistencia terminó con fotografía de posesión, juramento de rigor y credencial en el bolsillo. Como dirían en cualquier pueblo colombiano: no reconocen la fiesta… pero no faltaron al banquete.

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