Hace cuatro años, cuando Gustavo Petro celebró su victoria presidencial, los datos del preconteo de la Registraduría eran poco menos que palabra sagrada. Con esas cifras salió a dar su discurso de ganador, recibió felicitaciones y comenzó la transición hacia la Casa de Nariño.
Hoy, curiosamente, el mismo preconteo parece haber perdido sus virtudes. Lo que antes era una fotografía confiable de la voluntad popular, ahora es apenas un borrador que no merece reconocimiento hasta que concluyan los escrutinios.
La política colombiana tiene esas cosas maravillosas: cuando los números sonríen, el preconteo es democracia pura; cuando hacen muecas, se convierte en una estadística sospechosa. Al parecer, la confianza en la Registraduría depende menos de la institución y más de quién vaya ganando.
Como dirían las abuelas, no se puede jugar todo el partido con las reglas de hoy y cambiarlas mañana porque el marcador dejó de gustar. Porque una cosa es la prudencia democrática y otra muy distinta la gimnasia olímpica de la doble moral.






