La política latinoamericana volvió a cambiar de dirección. Después de varios años en los que la llamada “marea rosa” llevó a gobiernos de izquierda y centroizquierda a buena parte de los países más importantes de la región, el péndulo electoral comenzó a moverse hacia la derecha. Chile, Argentina, Ecuador, Bolivia, Perú y Colombia han protagonizado ese viraje, mientras Brasil aparece ahora como otro escenario decisivo.
El fenómeno tiene una explicación menos ideológica de lo que parece. Diversos análisis señalan que buena parte del electorado latinoamericano está votando más por castigo al gobierno de turno que por fidelidad a una doctrina política. Seguridad, economía, empleo, corrupción y desgaste del poder pesan cada vez más en las urnas.
Y ahí está uno de los grandes problemas del progresismo: llegó al poder prometiendo convertirse en alternativa a las viejas prácticas políticas, pero en varios países terminó enfrentando escándalos, cuestionamientos y un creciente desgaste. La bandera de combatir la corrupción pierde fuerza cuando el propio movimiento termina salpicado por denuncias y controversias.
Colombia es un ejemplo del cambio de ciclo. La llegada de Abelardo De La Espriella a la Presidencia, por un margen inferior al 1 %, marcó un giro hacia la derecha después del primer Gobierno de izquierda elegido en la historia reciente del país.
Brasil, por su parte, se convirtió en otra pieza clave del tablero. En la primera vuelta de las elecciones de este 5 de octubre, Flávio Bolsonaro obtuvo el 47 % frente al 45 % de Luiz Inácio Lula da Silva, dejando al país ante una segunda vuelta que podría profundizar el giro regional.
Pero hay algo todavía más interesante: la nueva derecha no necesariamente está llegando de la mano de los partidos tradicionales. En distintos países han aparecido figuras que se presentan como outsiders, “caballos negros” o antisistema, aprovechando el cansancio ciudadano con las estructuras políticas de siempre.
La política latinoamericana parece haber entrado, entonces, en una etapa de péndulo permanente: ayer la izquierda prometía barrer con la derecha; hoy la derecha promete barrer con la izquierda. Y mientras unos cambian de color, los ciudadanos siguen esperando que alguien cambie los resultados.
Porque el verdadero problema no es si gobierna la izquierda o la derecha. El problema aparece cuando cambia la camiseta, pero no cambia la corrupción, la inseguridad, el desempleo ni la frustración de la gente.
La llamada marea progresista no necesariamente desapareció, pero sí perdió fuerza. Y la derecha, que durante años estuvo en la banca, ahora vuelve a entrar a la cancha.
La pregunta ya no es quién tiene la camiseta. La pregunta es quién será capaz de jugar el partido sin terminar jugando con los mismos vicios de siempre




