En política hay quienes no construyen templos, pero siempre aparecen en la foto cuando es hora de cortar la cinta. Son expertos en el antiguo arte de ganar indulgencias con Padre Nuestro ajeno: rezan con la fe, el trabajo y los méritos de otros, pero cobran los aplausos como si el milagro hubiera salido de su propio bolsillo.

Cuando una obra sale bien, nunca falta el peregrino de última hora que llega con casco nuevo, chaleco impecable y sonrisa de inauguración. Si la cosa sale mal, desaparece más rápido que un monaguillo cuando toca recoger la limosna.

Hay políticos que no siembran, pero cosechan; no cocinan, pero reparten el banquete; y no reman, pero levantan los brazos cuando el barco llega al puerto. Parecen convencidos de que el octavo sacramento consiste en apropiarse del trabajo ajeno con una buena rueda de prensa.

Dicen que el éxito tiene muchos padres y el fracaso es huérfano. En la política criolla, además, hay quienes se presentan como padres adoptivos de cualquier obra que dé votos, aunque durante el embarazo del proyecto ni siquiera hayan pasado por la sala de espera.

Al final, más que hacer política, algunos practican un peculiar turismo de los méritos: llegan cuando todo está listo, se toman la foto, pronuncian un discurso y parten convencidos de haber obrado el milagro. Total, para ciertos personajes, ganar indulgencias con Padre Nuestro ajeno no es un refrán, sino una estrategia electo

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