Dicen que después de la tormenta llega la calma. En Colombia, en cambio, después de las elecciones llega… otra campaña. Las agitadas aguas presidenciales apenas comienzan a bajar de nivel, cuando ya se escucha el ruido de los motores calentando para las elecciones regionales y municipales. Este país no vive en democracia electoral; vive en un eterno período preelectoral.
Mientras algunos ciudadanos apenas terminan de guardar las banderas, los estrategas políticos ya desempolvan las pancartas, afinan los discursos y reactivan las bodegas digitales. Aquí el calendario no se mide por estaciones del año, sino por campañas: la que terminó, la que comienza y la que nunca se fue.
La izquierda, tras perder la Presidencia, quedó con la tarea de reconstruirse como oposición. Un verdadero «rompecabezas» político donde sobran las piezas, pero no necesariamente encajan. El desafío será demostrar que puede hacer oposición en las instituciones, en las urnas de las regionales y, como ya anuncian algunos sectores, también en las calles.
La derecha, por su parte, apenas empieza a descubrir que gobernar es bastante más complejo que hacer campaña. Ya no basta con señalar los errores del gobierno anterior; ahora cada promesa tendrá fecha de vencimiento y cada decisión será examinada por quienes hace apenas unas semanas ocupaban el poder.
Y el ciudadano… ese curioso personaje que aparece cada cuatro años en los discursos y desaparece al día siguiente de las elecciones, vuelve a quedar atrapado entre caravanas, jingles, debates, encuestas y promesas recicladas. En Colombia el voto dura un día, pero la campaña parece tener garantía de fábrica.
La polarización tampoco piensa tomarse vacaciones. Cambiarán los candidatos, cambiarán los colores de las camisetas y los eslóganes, pero el libreto seguirá siendo el mismo: unos hablarán de salvar la democracia; los otros, de rescatar al pueblo. Al final, ambos coincidirán en algo: la culpa siempre será del adversario.
Porque si algo ha perfeccionado la política colombiana es el arte de vivir en campaña permanente. Aquí no existe el «después de las elecciones». Apenas termina el conteo de votos, comienza el conteo regresivo para las siguientes. La democracia corre una maratón… y los colombianos llevan años sin que les permitan bajarse de la caminadora.






