El proceso de empalme entre el gobierno saliente y la administración entrante comenzó con un ingrediente que nunca falta en la política colombiana: la pelea por las cifras. Mientras unos aseguran que entregan la casa en perfecto estado, otros dicen que debajo de la alfombra hay tanto polvo que ya parece un tapete persa.
El exministro José Manuel Restrepo lanzó una dura advertencia al asegurar que durante el proceso «se esconde información y se maquillan cifras», una afirmación que, de ser cierta, convertiría el empalme en un concurso de maquillaje profesional donde lo importante no es resolver los problemas, sino que no se noten en la fotografía.
Según Restrepo, existen decisiones que generan preocupación, entre ellas procesos de contratación en el Ministerio de Defensa por valores que oscilarían entre 8 y 13 billones de pesos, nombramientos en provisionalidad en la Cancillería y la vinculación de cerca de 6.500 personas a la Unidad Nacional de Protección en la etapa final del gobierno.
Como ocurre cada cuatro años, el gobierno que se va asegura que deja todo organizado, mientras el que llega dice haber encontrado más sorpresas que un comprador de carro usado. Al final, las cifras parecen tener dos versiones: la oficial… y la que aparece cuando levantan el capó.
Los cuestionamientos de Restrepo reavivan el debate sobre la transparencia del proceso de transición y la necesidad de que el empalme no sea un simple intercambio de llaves, sino una radiografía completa del verdadero estado de las finanzas públicas y de la administración del Estado.
Porque en Colombia ya es casi una tradición que, cuando cambia el inquilino de la Casa de Nariño, las calculadoras empiezan a marcar números distintos. Y como dicen en la calle, hay balances que salen tan bien peinados que uno termina preguntándose si las cuentas fueron auditadas… o pasadas primero por el salón de belleza.
Ahora les corresponderá a los organismos de control y a las nuevas autoridades establecer si las advertencias tienen sustento o si hacen parte del habitual pulso político que acompaña cada cambio de gobierno. Mientras tanto, los colombianos siguen esperando que, algún día, el único maquillaje sea el del carnaval y no el de las cifras oficiales.






