Y siguió el coro de lamentaciones. Tras anunciar la impugnación de miles de mesas, Iván Cepeda envió un mensaje a la “otra orilla política”, advirtiendo que no permitirá el retroceso de las supuestas conquistas sociales construidas durante estos años.
La frase dejó una curiosa sensación: todavía no termina el partido y ya están jugando el tercer tiempo. Mientras los colombianos esperan los resultados definitivos, algunos dirigentes parecen debatirse entre aceptar el marcador o preparar el discurso de la resistencia.
Como decía la abuela, cuando alguien empieza a hablar de todo lo que podría perder antes de que se confirme la derrota, es porque ya siente el agua cerca del cuello. Y cuando aparecen las advertencias apocalípticas sobre el futuro del país, suele ser señal de que la calculadora no está dando los resultados esperados.
La democracia tiene una extraña costumbre: unas veces las urnas ratifican gobiernos y otras veces los cambian. Pero en Colombia parece que algunos consideran que la voluntad popular es impecable cuando los favorece y preocupante cuando les pasa factura. Entre impugnaciones, advertencias y discursos dramáticos, el libreto sigue siendo el mismo: si se gana, es el mandato del pueblo; si se pierde, es el comienzo de la batalla.






