Hay debates que mueven una ciudad. Y hay otros que, al parecer, ni siquiera logran mover a los concejales de sus oficinas hasta el recinto de sesiones.
La más reciente plenaria del Concejo de Cali dejó una imagen difícil de justificar: de los 21 concejales, apenas nueve ocupaban sus curules mientras se discutía uno de los problemas más graves que enfrenta la ciudad: el futuro del transporte urbano.
No era un tema menor. Se hablaba de la movilidad de más de un millón de caleños que todos los días hacen malabares entre el MIO, las busetas del TPC, las gualas y un transporte informal que crece a la misma velocidad con la que desaparecen las soluciones oficiales.
Pero, al parecer, el debate no despertó el mismo interés entre buena parte de los cabildantes.
Da la impresión de que algunos consideran que el control político puede hacerse por control remoto. Tal vez crean que la curul tiene piloto automático o que la ciudadanía no nota cuando las sillas permanecen vacías.
Y surge una pregunta que seguramente también se hacen los caleños: ¿qué ocurre cuando un concejal no asiste a una plenaria, se retira antes de terminar o simplemente responde al llamado a lista y desaparece como por arte de magia? ¿Esa jornada se remunera normalmente o existen mecanismos efectivos para verificar el cumplimiento de sus funciones y aplicar las consecuencias previstas por la ley y el reglamento cuando corresponda?
Porque una cosa es faltar por una causa plenamente justificada y otra muy distinta convertir el recinto en una sala de paso: marcar presencia, dejar constancia… y dejar también el asiento vacío.
Mientras tanto, afuera del Concejo, la ciudad sigue esperando respuestas. Los usuarios del transporte público no pueden abandonar el bus cuando el recorrido se pone difícil. Los trabajadores no pueden desaparecer de sus puestos después de marcar tarjeta. Los estudiantes no aprueban una materia solo por responder «presente» al inicio de la clase.
Quizá por eso los ciudadanos esperan el mismo nivel de compromiso de quienes eligieron para representarlos.
Cali no necesita un Concejo con quórum intermitente. Necesita concejales presentes, debatiendo, proponiendo y vigilando la gestión pública. Porque la movilidad de una ciudad de más de dos millones de habitantes no puede seguir discutiéndose frente a un puñado de curules ocupadas.
Al final, la imagen deja una inquietud inevitable: el transporte público tiene demasiadas sillas vacías por falta de pasajeros; el Concejo, en cambio, parece tener demasiadas curules vacías por falta de concejales.






