Mientras unos celebran las victorias y otros comienzan a desempacar las oficinas, en el Pacto Histórico parece que el duelo electoral sigue sin fecha de vencimiento.

La ausencia de Iván Cepeda y Aida Quilcué en la ceremonia de entrega de credenciales como nuevos congresistas terminó enviando un mensaje que cada quien interpreta a su manera. Oficialmente, el trámite fue delegado en la activista Erika Isabel Prieto, pero políticamente el gesto dejó más preguntas que respuestas.

En democracia se puede perder una elección, impugnar resultados por las vías legales y expresar desacuerdos. Lo que resulta más difícil de explicar es cuando la silla vacía termina haciendo más ruido que un discurso. Porque en política, a veces la ausencia también vota.

Las redes sociales no tardaron en hacer su trabajo. Desde distintos sectores llovieron críticas, entre ellas la del excongresista Juan Carlos Flórez, quien calificó a Cepeda como un «solemne golpista», una expresión que encendió aún más el debate sobre la actitud asumida por la fórmula presidencial derrotada.

La paradoja es evidente: quienes durante años han defendido el respeto por las instituciones hoy parecen mantener una prudente distancia de uno de sus actos más simbólicos. Una cosa es cuestionar el resultado de una elección y otra muy distinta es darle la espalda a los procedimientos que precisamente legitiman la representación democrática.

Al final, las credenciales llegaron a sus destinatarios, aunque sus titulares prefirieran no posar para la fotografía. Tal vez esperaban que el protocolo también pudiera aplazarse mientras cicatrizan las heridas de las urnas.

Porque, como dice el viejo refrán político, perder duele… pero ignorar el timbre cuando llega la democracia con un sobre oficial puede terminar siendo un gesto que habla más fuerte que cualquier discurso.

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