En la política colombiana, las derrotas electorales tienen un curioso efecto secundario: algunos descubren que el mejor plan de gobierno es gobernar desde la oposición… aunque las urnas hayan dicho otra cosa.

La propuesta de promover la desobediencia civil y desconocer al nuevo gobierno abre más preguntas que respuestas. ¿Se trata de una defensa de principios constitucionales o del viejo deporte nacional de no aceptar el resultado cuando el marcador no favorece? Porque una cosa es controvertir jurídicamente la elección de un presidente y otra muy distinta es invitar al país a jugar un tercer tiempo después de que el árbitro ya pitó el final.

El argumento sobre la doble nacionalidad merece el debate en los escenarios institucionales competentes. Para eso existen las altas cortes, los organismos electorales y los mecanismos constitucionales. Lo que resulta llamativo es que algunos parecen preferir la plaza pública al estrado judicial, como si los megáfonos tuvieran más fuerza que los expedientes.

En democracia, el derecho a disentir es sagrado. Pero también lo es el respeto por las reglas del juego. De lo contrario, cada elección terminaría convertida en un concurso de «desconózcase al ganador», y el país viviría en campaña permanente, con más marchas que soluciones.

Al final, la gran incógnita no es solo qué busca quien propone la desobediencia civil, sino quién gana con un país dividido entre quienes votan y quienes, cuando pierden, prefieren cambiar las reglas después del escrutinio. Porque la democracia puede soportar una oposición fuerte, pero difícilmente resiste una oposición que parezca jugar únicamente cuando cree que va a ganar.

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