En política no siempre gana quien más votos tiene, sino quien mejor mueve las fichas. Y por estos días, el nombre que tiene al expresidente Álvaro Uribe respirando profundo es el del senador Alfredo Deluque.
El congresista del Partido de La U, bogotano de nacimiento y guajiro por crianza, fue postulado para presidir el Senado, una aspiración que cayó como un apagón en la casa del Centro Democrático. Para Uribe, esa dignidad debería recaer en su partido por considerar que cuenta con la mayor representación en la corporación.
Pero la discusión dejó de ser aritmética para convertirse en un duelo de mensajes con destinatario conocido. El expresidente no solo cuestionó la candidatura de Deluque, sino que le echó más leña al fuego con una frase que muchos interpretaron como un misil político: «El senador Honorio no ha tenido malos manejos en Bienestar Familiar, menos en la sucursal de La Guajira».
Una declaración que, sin mencionar directamente a Deluque, fue leída como un dardo envenenado hacia el senador de La U y su entorno político. En política, a veces el nombre sobra cuando la puntería es evidente.
Mientras tanto, el Senado parece más una partida de ajedrez que una sesión legislativa. Nadie quiere ceder el martillo de la presidencia, porque quien lo empuña no solo dirige los debates: también marca el ritmo de la agenda política.
Y es que, al parecer, Deluque no solo aspira a presidir el Senado; también logró algo que pocos consiguen: hacer que Uribe cambie el tono de la respiración y que el aire político en el Capitolio se sienta cada vez más pesado. Porque cuando el pulso por una dignidad genera más calor que una reforma, queda claro que el verdadero debate apenas comienza.






