La política colombiana tiene esas curiosidades que ni los mejores guionistas se atreverían a escribir. Después de perder la carrera por la Casa de Nariño, Iván Cepeda y Aida Quilcué decidieron que, si no pudieron llegar al balcón principal, al menos conservarán asiento en el teatro. Ambos aceptaron sus curules en el Senado y la Cámara de Representantes, desde donde prometen ejercer una férrea oposición al presidente electo, Abelardo de la Espriella.

Y es que en política perder no siempre significa quedarse sin trabajo. Mientras millones de colombianos entienden la derrota como la necesidad de actualizar la hoja de vida, en el Congreso la derrota suele venir acompañada de oficina, esquema de seguridad, asesores y micrófono garantizado. Un premio de consolación que cualquier futbolista quisiera después de perder una final.

Cepeda y Quilcué aseguran que vigilarán cada paso del nuevo gobierno. Lo que viene es una especie de matrimonio político por obligación: unos gobernarán y otros fiscalizarán, aunque ambos deberán verse todos los días en el mismo Capitolio. Como esas parejas divorciadas que terminan trabajando en la misma empresa.

La oposición ya afila discursos, debates de control político y denuncias. El gobierno, por su parte, prepara respuestas y mayorías. Lo cierto es que la democracia colombiana seguirá funcionando bajo una vieja tradición nacional: unos tratando de construir y otros convencidos de que su principal misión es revisar si los ladrillos están derechos.

Porque si algo queda claro es que la campaña terminó, pero la pelea apenas comienza. Cambiaron las urnas por las curules, los votos por los debates y las plazas públicas por el recinto del Congreso. En otras palabras, se acabó el primer tiempo y ahora empieza el campeonato de las objeciones.

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