Mientras miles de colombianos trabajan día y noche, hombro a hombro con socorristas, voluntarios y organismos de emergencia para atender a las víctimas del terremoto, también aparecen quienes parecen haber descubierto que hasta una tragedia puede convertirse en vitrina política.
Gobiernos departamentales y municipales, organizaciones sociales y ciudadanos han instalado puntos de acopio y movilizado alimentos, agua, medicamentos y otros elementos para llevar ayuda a las comunidades damnificadas. Una solidaridad que, en medio del desastre, demuestra que Colombia todavía sabe tender la mano.
Pero no todos parecen estar en la misma sintonía.
Uno de los casos que genera cuestionamientos es el del representante a la Cámara Óscar Benavides, del Movimiento Líbres, elegido por la circunscripción de negritudes, a quien la Corte Suprema de Justicia habría abierto una investigación por una denuncia relacionada con la presunta solicitud de donaciones para damnificados del terremoto en el Chocó a través de sus cuentas personales.
El asunto deberá ser esclarecido por las autoridades y, como corresponde, la investigación no significa una condena. Pero sí plantea una pregunta incómoda: ¿cuándo la solidaridad deja de ser solidaridad y comienza a convertirse en negocio político?
Y como en Colombia nunca falta quien confunda una emergencia con una alfombra roja, también están los que llegan a las zonas afectadas con cámara en mano, suficientes poses para varias temporadas y poca ayuda para repartir. Se toman la foto, graban el video, pronuncian unas palabras solemnes y, misión cumplida: ya tienen contenido para las redes.
Otros hacen algo todavía más curioso: llegan a los lugares de la tragedia no para ayudar, sino para encontrar culpables. En vez de cargar una caja, cargan el micrófono; en vez de llevar agua, llevan discursos; y en lugar de acompañar a los damnificados, convierten el desastre en escenario para atacar al Gobierno.
La tragedia debería sacar lo mejor de los colombianos, no lo peor de la política.
Porque mientras los socorristas remueven escombros, los voluntarios organizan ayudas y las comunidades intentan reconstruir sus vidas, la política oportunista parece estar buscando su propia reconstrucción: la de su imagen.
En una emergencia, ayudar no debería necesitar fotógrafo, padrino político ni transmisión en directo. La solidaridad verdadera no pide likes, no cobra peaje y mucho menos debería terminar en una cuenta personal.
Ahora corresponde a las autoridades investigar, establecer responsabilidades y garantizar que cada peso y cada donación destinados a las víctimas lleguen realmente a quienes los necesitan.
Porque frente al dolor de miles de colombianos, hay algo que debería quedar fuera de servicio: el oportunismo.






