Ana María Saavedra, de 23 años y única sobreviviente de su familia tras el colapso de un edificio en el barrio Cuarto de Legua, en Cali, rechazó que Gustavo Petro utilizara el nombre y la memoria de sus familiares fallecidos para hacer referencias políticas.

En medio del dolor y cuando todavía intenta reconstruir su vida después de perder a sus padres y a sus hermanas trillizas, Ana María Saavedra decidió ponerle un límite a la política: la memoria de sus muertos no es plaza pública, ni tribuna electoral, ni combustible para una pelea ideológica.

La joven, única sobreviviente de su núcleo familiar tras la tragedia ocurrida en Cali, manifestó públicamente su rechazo a una publicación del expresidente Gustavo Petro en la que, según denunció, fueron utilizados los nombres y la memoria de sus seres queridos sin su consentimiento.

Su mensaje fue contundente: pidió retirar la publicación y, sobre todo, dejar por fuera de cualquier disputa política a quienes ya no pueden defenderse.

Porque una cosa es debatir sobre responsabilidades, decisiones de gobierno o tragedias nacionales, y otra muy distinta es meter la política hasta en el último adiós de una familia destrozada por la tragedia.

La posición de Ana María pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿hasta dónde puede llegar un dirigente político para convertir una tragedia en argumento de batalla?

Al parecer, para la joven, la respuesta es clara: hasta aquí.

Y no es para menos. Mientras algunos hacen política con micrófono, redes sociales y discursos, ella tiene que aprender a vivir con una ausencia que no cabe en ningún comunicado.

La tragedia del Cuarto de Legua dejó dolor, preguntas y heridas que difícilmente se cierran con publicaciones en redes sociales. Por eso, el reclamo de Ana María tiene un componente que debería estar por encima de cualquier ideología: respeto por los muertos y consideración por quienes quedaron vivos para cargar con el duelo.

Petro podrá tener muchas tribunas para defender sus posiciones políticas. Pero esta vez, la tribuna se la cerró una joven de 23 años que perdió prácticamente todo y que, paradójicamente, tuvo que salir a defender hasta la memoria de quienes ya no están.

La política podrá tener memoria selectiva; el dolor de una familia, no.

Y en este caso, Ana María dejó claro que hay una frontera que ni el poder, ni los discursos, ni las redes sociales deberían cruzar: con sus muertos, no se metan

Comentarios Facebook