Colombia ya no basta con mirar el mapa político; ahora hay que consultar el mapa emocional. El país quedó partido en dos: una Colombia periférica que se inclinó por la izquierda y una Colombia andina y central que apostó por la derecha. Lo curioso es que ambas aseguran haber salvado la democracia… de la otra.

La campaña terminó, pero la guerra de etiquetas apenas comienza. Si usted votó por un lado, es un «demócrata». Si votó por el otro, un «fascista». Y viceversa. En Colombia ya no existen contradictores políticos; existen enemigos existenciales. El debate dejó de ser sobre ideas para convertirse en un concurso de insultos con certificado ideológico.

La geografía electoral parece un espejo del viejo centralismo colombiano. Mientras las regiones históricamente olvidadas enviaron un mensaje de cambio, buena parte de la zona andina respondió con un voto que privilegia la estabilidad, la seguridad y el modelo económico tradicional. Dos visiones legítimas de país que algunos prefieren presentar como si fueran dos especies distintas.

Lo preocupante no es que existan diferencias. Eso ocurre en cualquier democracia. Lo inquietante es el empeño de algunos dirigentes en convertir esas diferencias en trincheras permanentes. El discurso del «pueblo contra la élite», de los «demócratas contra los fascistas», termina siendo un negocio político muy rentable: mientras más divididos estén los ciudadanos, más indispensables parecen quienes prometen defenderlos del supuesto enemigo.

Las redes sociales hicieron el resto. Allí cada algoritmo encontró la fórmula perfecta: servirle a cada usuario la dosis diaria de indignación. Así, un campesino del Pacífico y un empresario de Medellín pueden vivir en el mismo país, pero consumir dos realidades completamente distintas.

La ironía es que ambos pagan los mismos impuestos, padecen los mismos huecos en las carreteras, hacen las mismas filas en los hospitales y se quejan del mismo costo de vida. Pero, según el libreto político, deben convencerse de que el verdadero problema es el vecino que votó diferente.

Quizás la verdadera división no sea entre izquierda y derecha, ni entre periferia y centro, ni entre pueblo y élite. Tal vez la frontera más profunda esté entre quienes viven de dividir a Colombia y quienes tendrán que seguir conviviendo cuando termine la campaña.

Porque las elecciones pasan, los discursos cambian, las etiquetas se reciclan… pero el país sigue siendo uno solo. Aunque, a juzgar por algunos políticos, dividirlo parece ser la estrategia más rentable desde que se inventó el mapa electoral.

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