Cali fue la capital del Valle del Cauca, capital deportiva de América, capital mundial de la salsa, ciudad de mujeres bellas y, por supuesto, la inolvidable Sucursal del Cielo. Tantos títulos que parecía que a la ciudad solo le faltaba uno: capital del futuro.
Pero el futuro llegó… y Cali estaba ocupada recordando el pasado.
Durante las décadas de los 70, 80 y 90, la ciudad tuvo un liderazgo cívico, empresarial y social que la convirtió en referente nacional. Había dirigentes que entendían que gobernar y construir ciudad no era solamente administrar el presente, sino pensar varias jugadas adelante.
Ese liderazgo se fue apagando. Y mientras Cali se quedó mirando por el retrovisor, otras ciudades pisaron el acelerador.
Barranquilla, Medellín y Pereira avanzaron en infraestructura, renovación urbana, movilidad, competitividad y transformación territorial, mientras Cali parece seguir discutiendo qué hacer con lo que tiene y, en ocasiones, hasta cómo perder lo poco que le queda.
El problema no es únicamente político. También existe un preocupante divorcio entre el sector empresarial, la dirigencia política, la academia y las organizaciones sociales. Cada uno parece estar bailando su propia canción, pero nadie se pone de acuerdo sobre la música que necesita la ciudad.
Y a eso se suma un mal que en Cali parece haberse vuelto deporte extremo: el importaculismo. Cada sector preocupado por su propio pedazo de ciudad, mientras la ciudad completa se queda sin proyecto de futuro.
Hoy, después del terremoto y frente al enorme desafío de la reconstrucción, Cali tiene una oportunidad que no puede desperdiciar. No se trata simplemente de reparar edificios, calles o infraestructura. Se trata de decidir qué ciudad queremos ser durante los próximos 30 o 50 años.
¿Vamos a reconstruir la Cali que se nos cayó o vamos a construir la Cali que nunca fuimos capaces de imaginar?
La discusión debería ir mucho más allá de reparar daños. Cali necesita pensar en grande: una capital del Pacífico, una ciudad-región, conectada con Buenaventura, el Valle y el suroccidente colombiano; competitiva, moderna, sostenible, segura y con infraestructura acorde con su importancia.
Pero para eso hacen falta líderes que tengan algo más que una buena foto, un discurso bonito o una ocurrencia de temporada.
Se necesitan dirigentes capaces de sentarse en la misma mesa —empresarios, políticos, académicos, trabajadores, comunidades y organizaciones sociales— y ponerse de acuerdo en algo elemental: el futuro de Cali no puede seguir dependiendo del capricho del gobernante de turno.
Porque mientras otras ciudades construyen futuro, Cali sigue sacándole brillo a sus recuerdos.
Y una ciudad no puede vivir eternamente de la salsa, de la nostalgia y de aquello de que alguna vez fue la Sucursal del Cielo.
Cali necesita dejar de vivir de lo que fue y empezar a decidir lo que quiere ser.
El cielo puede esperar. La ciudad, no




