Dicen que quien nada debe, nada teme. Pero en la política colombiana parece que algunos cambian el refrán por uno más moderno: «si llaman de la Corte, mejor dejar el celular en modo avión».
La senadora wayúu Martha Peralta terminó compareciendo ante la Corte Suprema de Justicia dentro de la investigación por el escándalo de la UNGRD, pero según diversas versiones, la asistencia no fue precisamente producto de un entusiasmo desbordado por colaborar con la justicia. La diligencia terminó adquiriendo tintes de novela cuando trascendió que las autoridades recibieron instrucciones para garantizar su comparecencia.
Y es que una cosa es acudir por voluntad propia y otra muy distinta es que el GPS de la justicia le recuerde a uno el camino.
El episodio volvió a poner sobre la mesa el gigantesco escándalo de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo, entidad que nació para atender emergencias y terminó generando una emergencia política de proporciones nacionales. Lo que debía repartir soluciones parece haber repartido dolores de cabeza, investigaciones y citaciones.
En los pasillos políticos algunos comentan con ironía que cuando comenzaron a aparecer nombres, documentos y testimonios, más de uno sintió que el aire acondicionado se dañó de repente. No porque hiciera calor, sino porque la temperatura judicial empezó a subir peligrosamente.
Por supuesto, la senadora mantiene intacta su presunción de inocencia y será la justicia la encargada de determinar cualquier responsabilidad. Pero el espectáculo deja una imagen difícil de ignorar: cuando una citación requiere combustible oficial para llegar a destino, la opinión pública inevitablemente se pregunta si el problema es la dirección… o las ganas de llegar.
Mientras tanto, el caso UNGRD sigue creciendo como una inundación política que amenaza con mojar a muchos más de los que inicialmente aparecían en la fotografía.






