En política, como en las novelas de la tarde, hay capítulos que terminan siendo más vistos que los debates sobre economía, seguridad o salud. Esta semana, el libreto volvió a girar alrededor de la vida privada del presidente Gustavo Petro y de la primera dama, Verónica Alcocer.
Después de que el propio mandatario asegurara públicamente que se encontraba separado de su esposa, muchos pensaron que el tema quedaría en el ámbito personal. Pero como suele ocurrir en Colombia, cuando alguien abre la puerta de la casa, no faltan los curiosos que quieren mirar hasta la cocina.
La controversia tomó un nuevo rumbo cuando el presidente denunció una supuesta campaña para desprestigiar a Verónica Alcocer durante su permanencia en Suecia. Sin embargo, desde Estocolmo llegó una respuesta que cayó como balde de agua fría. El embajador Guillermo Reyes rechazó las acusaciones y aseguró que los comentarios y cuestionamientos surgidos en ese país no fueron producto de ninguna conspiración diplomática, sino consecuencia del comportamiento público observado durante la visita.
Traducido al lenguaje popular: según el embajador, nadie tuvo que sembrar rumores porque la cosecha salió sola.
La situación deja una escena curiosa. Mientras el presidente denuncia manos oscuras moviendo los hilos desde las sombras, el embajador sostiene que no hubo titiriteros, sino espectadores tomando nota de lo que veían en el escenario.
Y así, una vez más, la política colombiana parece debatirse entre los problemas del país y los capítulos de una telenovela presidencial donde cada semana aparece un nuevo personaje, una nueva versión y una nueva polémica. Lo cierto es que cuando los asuntos personales terminan ocupando más espacio que las soluciones nacionales, los ciudadanos quedan como esos vecinos que escuchan la discusión detrás de la pared: no saben exactamente qué pasa, pero terminan enterándose de todo.
Porque una cosa es que se metan al rancho, y otra muy distinta es que desde adentro sigan dejando las ventanas abiertas.

Se le metieron al rancho… y ahora hay pelea en la sala

 

En política, como en las novelas de la tarde, hay capítulos que terminan siendo más vistos que los debates sobre economía, seguridad o salud. Esta semana, el libreto volvió a girar alrededor de la vida privada del presidente Gustavo Petro y de la primera dama, Verónica Alcocer.

Después de que el propio mandatario asegurara públicamente que se encontraba separado de su esposa, muchos pensaron que el tema quedaría en el ámbito personal. Pero como suele ocurrir en Colombia, cuando alguien abre la puerta de la casa, no faltan los curiosos que quieren mirar hasta la cocina.

La controversia tomó un nuevo rumbo cuando el presidente denunció una supuesta campaña para desprestigiar a Verónica Alcocer durante su permanencia en Suecia. Sin embargo, desde Estocolmo llegó una respuesta que cayó como balde de agua fría. El embajador Guillermo Reyes rechazó las acusaciones y aseguró que los comentarios y cuestionamientos surgidos en ese país no fueron producto de ninguna conspiración diplomática, sino consecuencia del comportamiento público observado durante la visita.

Traducido al lenguaje popular: según el embajador, nadie tuvo que sembrar rumores porque la cosecha salió sola.

La situación deja una escena curiosa. Mientras el presidente denuncia manos oscuras moviendo los hilos desde las sombras, el embajador sostiene que no hubo titiriteros, sino espectadores tomando nota de lo que veían en el escenario.

Y así, una vez más, la política colombiana parece debatirse entre los problemas del país y los capítulos de una telenovela presidencial donde cada semana aparece un nuevo personaje, una nueva versión y una nueva polémica. Lo cierto es que cuando los asuntos personales terminan ocupando más espacio que las soluciones nacionales, los ciudadanos quedan como esos vecinos que escuchan la discusión detrás de la pared: no saben exactamente qué pasa, pero terminan enterándose de todo.

Porque una cosa es que se metan al rancho, y otra muy distinta es que desde adentro sigan dejando las ventanas abiertas.

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