Cuando faltan pocas horas para que los colombianos definan en las urnas el rumbo del país, el ambiente político parece más cercano a una sala llena de pólvora que a una fiesta democrática. En medio de declaraciones incendiarias, advertencias apocalípticas y pronósticos de caos provenientes de distintos sectores políticos, el contralor general lanzó un mensaje contundente: «No vamos a permitir que el país se incendie».
La afirmación llega en un momento en el que la tensión electoral ha alcanzado niveles preocupantes. Desde ambas campañas presidenciales se han multiplicado los mensajes que, según diversos sectores, alimentan el miedo, la desconfianza y la incertidumbre sobre lo que ocurrirá después de conocerse los resultados.
La situación ha generado inquietud entre empresarios, analistas y ciudadanos que observan cómo algunos dirigentes parecen más ocupados en advertir sobre catástrofes futuras que en explicar cómo resolverán los problemas del presente.
Y es que la campaña ha entrado en una fase donde cada declaración parece competir por el premio al titular más alarmante. Unos advierten sobre estallidos sociales, otros hablan de amenazas a la democracia y algunos parecen convencidos de que el país se encuentra a una elección de distancia del apocalipsis.
Frente a este panorama, el llamado del contralor busca enviar una señal de tranquilidad institucional. Sin embargo, la preocupación persiste porque las palabras tienen consecuencias y, en tiempos electorales, un discurso irresponsable puede encender emociones que después nadie logra apagar.
Lo paradójico es que mientras todos aseguran defender la democracia, algunos discursos parecen venir acompañados de una caja de fósforos por si el resultado no coincide con las expectativas propias. En la Colombia electoral de hoy, abundan quienes piden calma con una mano mientras con la otra agitan la alarma.
La gran prueba llegará cuando hablen las urnas. Allí se sabrá quién ganó la Presidencia, pero también quién estaba realmente comprometido con respetar las reglas del juego democrático. Porque en una democracia madura, los votos cuentan más que los rumores, las instituciones pesan más que los hashtags y los resultados deberían aceptarse sin necesidad de medir la temperatura de la calle.
Por ahora, el país espera que la jornada electoral transcurra en paz y que las llamas que algunos anuncian terminen siendo apenas humo de campaña.






