La famosa “autonomía universitaria” volvió a aparecer en Cali, pero esta vez no como símbolo de libertad académica sino como el escudo perfecto para que los encapuchados jueguen a la guerrilla urbana mientras los estudiantes sí hacen filas para pagar matrícula. El secretario de Seguridad de Cali, Javier Garcés, lanzó un mensaje directo al rector de Univalle: colaborar con las autoridades, porque la universidad “no puede ser refugio de terroristas”.
Y es que en Colombia hay universidades donde el conocimiento parece dividido en dos facultades: una de ingeniería y otra de explosivos artesanales. Cada vez que aparecen los capuchos, algunos directivos hablan de “manifestaciones culturales”, como si las papas bomba fueran parte del pensum académico o requisito para graduarse en sociología revolucionaria.
La autonomía universitaria nació para proteger el pensamiento crítico, no para convertir campus públicos en territorios donde entra más fácil una bomba incendiaria que un policía. Pero aquí algunos confunden autonomía con inmunidad, y libertad de expresión con libertad para destruir semáforos, buses y CAI mientras citan a Marx con wifi gratis.
Lo más irónico es que mientras miles de estudiantes madrugan a estudiar para salir adelante, un pequeño grupo de encapuchados termina manejando la agenda mediática de toda la universidad. Y entonces el rector queda atrapado entre dos fuegos: si permite el ingreso de la fuerza pública lo llaman represor; si no hace nada, pareciera administrador de un parque temático de la primera línea.






