los que no sacaron ni 100 mil votos quieren ser los reyes de la segunda vuelta
La política colombiana tiene escenas tan curiosas que merecen museo propio. Apenas terminó la primera vuelta presidencial y varios candidatos que no alcanzaron ni los 100 mil votos ahora aparecen hablando como si tuvieran en el bolsillo las llaves de la Casa de Nariño. Los mismos que el domingo electoral parecían jugadores suplentes, hoy se presentan como los grandes electores capaces de inclinar la balanza nacional.
Las reuniones, las fotos, los comunicados y las negociaciones comenzaron a toda marcha. De repente, cada voto obtenido —aunque cupiera completo en un estadio pequeño— se volvió “decisivo para la democracia”. Y mientras tanto, los candidatos finalistas los reciben como quien recoge monedas debajo del sofá esperando completar para el mercado.
“Es un flaco servicio estar con posiciones tibias”, dicen algunos de los relegados electorales, ahora convertidos en analistas de peso pesado. Lo curioso es que durante la campaña muchos ciudadanos apenas recordaban sus nombres, sus propuestas o incluso si seguían oficialmente en contienda. Pero en política colombiana perder también tiene premio: minutos en televisión, reuniones privadas y la ilusión de sentirse dueños de un caudal electoral que a veces cabe más fácil en una caravana de buses que en una elección presidencial.
El espectáculo recuerda esas tiendas donde el producto no se vendió en temporada, pero en liquidación aparece anunciado como exclusivo y codiciado. Porque aquí un candidato que no logró convencer ni a su propio barrio ahora habla como si millones de colombianos estuvieran esperando disciplinadamente su orientación para decidir el voto.
Y ahí aparece el doble sentido del asunto: la segunda vuelta no solo revive alianzas políticas, también despierta egos dormidos. Los derrotados pasan de víctimas del electorado a “estadistas indispensables”, convencidos de que su adhesión vale oro puro. Algunos negocian puestos, otros buscan protagonismo y unos cuantos simplemente intentan seguir respirando políticamente antes de desaparecer nuevamente del radar nacional.
Mientras tanto, el ciudadano común observa este mercado persa electoral donde abundan los abrazos repentinos, los enemigos reconciliados y los discursos reciclados. Los mismos que hace unas semanas se acusaban mutuamente de ser un peligro para el país, ahora aparecen sonriendo frente a las cámaras como viejos compañeros de colegio.
La política colombiana volvió a demostrar que aquí las ideologías son más flexibles que una liga de gimnasio. Y en época de segunda vuelta, hasta el candidato más pequeño se mira al espejo creyéndose árbitro del destino nacional… aunque las urnas le hayan recordado que su poder electoral apenas alcanzó para llenar unas cuantas mesas de votación.







